Todos los que tengáis niños estaréis cansados de oír "es que..." por un lado, "es que..." por el otro. Parece que después del "y ¿por qué?" se han quedado huérfanos de muletillas y se han abonado al "no es justo" y el "es que..."

Si el "¿por qué?" es bueno ya que refleja sus ganas de aprender, de saber más, de crecer, el "es que..." sólo lleva implícito un limpiarse las manos, un lanzar balones fuera, se trate de lo que se trate. Esquivo la responsabilidad, sin ni siquiera escuchar de qué me están hablando. ¿Habéis probado a decirle a un niño que hable sin utilizar el "es que..."? Es curioso, porque no son capaces de encadenar tres frases sin hacerlo. Probadlo, os hará gracia y os daréis cuenta de lo que estoy hablando.

El problema subyacente es más inquietante que todo esto. En el fondo, con el "es que..." no sólo intentan quitarse responsabilidades, evitarse una regañina o un castigo, sino que consiguen no darse cuenta de lo que realmente pasa, de su implicación en el asunto. Decía Peter Drucker que "lo que no se puede medir no se puede controlar". No es menos cierto que "de lo que no se es consciente no se puede mejorar".

Cuando un niño (o un adulto) usa el "es que..." redirige la culpa, la acción o las consecuencias, hacia otra persona, eliminando cualquier atisbo de responsabilidad. Es el otro el que tiene que cambiar para que no vuelva a suceder. En ese momento, por tanto también desaparece su necesidad de ver la realidad tal y como es, de aceptar lo que tiene que mejorar o en lo que tiene que estar atento la próxima vez que se dé la misma situación.

Pongamos por ejemplo el niño despistado que cada semana se deja los deberes en clase, el libro el día antes del examen o que se pasa más tiempo en objetos perdidos del colegio que en recreo. Ese niño siempre tendrá un "es que..." para explicar sus olvidos. Habrá sido culpa del profesor que les metió prisa, de algún compañero que le habló en el momento menos oportuno, de sus padres que le regañaron el día antes, del chiste que le contó el hermano esa mañana, del frío que hacía, del partido del día anterior, o simplemente del propio libro que desapareció de la mochila por arte de magia. Todo con tal de no ser él quien se ha olvidado. Ese niño seguirá igual de olvidadizo hasta el momento que se dé cuenta que él es el responsable de sus actos, que tome consciencia de que tiene un problema y que debe prestar más atención. En ese momento en que piense que algo se le puede olvidar. A partir de ese momento, y como por obra de magia, repasará a diario la mochila al salir de clase.

No hay otra forma de mejorar, de crecer y desarrollarse, que darse cuenta de las limitaciones, de la realidad y de los puntos débiles que cada uno tiene que atender. Tomar consciencia de los fallos no sólo conllevará corregirlos sino que les dará una base para ser responsables y tomar decisiones más importantes cada día, y sobre todo para ser felices.