Proteger a nuestros hijos está pasando de ser una de las principales tareas de la paternidad, a una conducta casi obsesiva. No decimos que esté mal apartarlos de los peligros actuales, pero sí que no caigamos en el error de superprotegerlos. No debemos mantener al niño en una burbuja de cristal, lejos de toda adversidad. Hay que dejarles explorar el mundo por su cuenta, evolucionar, para así favorecer su desarrollo.

La niñez y adolescencia son etapas de inmadurez y experimentación, en las que los peligros se multiplican exponencialmente. Y los padres actuales sufrimos una gran angustia frente a la posibilidad de que nuestros hijos tengan algún accidente. O, mucho peor, sientan la frustración siendo tan pequeños. Como consecuencia, la mayoría de padres tendemos a ser sobreprotectores con ellos. El resultado es que más que ayudarles, les estamos perjudicando.

Es importante controlar esa excesiva preocupación y darles la oportunidad de explorar el mundo por sí solos. Nuestros hijos necesitan conocer el mundo, aprender a enfrentarse a la realidad, coger confianza y asumir responsabilidad. Estas etapas les deben servir para estar preparados el día de mañana, desarrollándose frente a pequeños problemas y situaciones controlables. Nosotros tenemos que ser sus maestros, enseñarles, corregirles, guiarles, pero son ellos quienes deben saltar al terreno de juego.

La superprotección acaba desarrollando las siguientes características:

Dejemos a los niños probar, equivocarse, intentar cosas nuevas, tener retos, soñar, buscar, conseguir metas, superar fracasos, resolver problemas, asumir responsabilidades, aceptar las consecuencias, ..., aprender a autocontrolarse, a relacionarse con los demás, a descubrir el significado de las decepciones, de la alegría compartida,...

En pocos años saldrán al mundo, y ya que no podemos preparar el mundo para ellos, preparemos a nuestros hijos para el mundo.